DINAMICAS ESTRATEGICAS DE LOS ACTORES INTERNACIONALES

Diego Cerda Seguel. Chile

Octubre, 2003

 

RESUMEN

La exposición que sigue trata de mostrar una visión innovadora del problema planteado por nuevos actores en la arena internacional en un contexto mundial de cambio de las sociedades. El surgimiento de los nuevos actores obedecen al proceso histórico conocido como globalización, palabra que hace referencia a una multiplidad de cambios que están ocurriendo, pero también que están siendo vividas de nuevas maneras de acuerdo a una apertura tecnológica nunca imaginada. La era de la información y el conocimiento reemplaza a la era industrial y esto significa que sobre las ruinas de la industrialización se construye un nuevo modo de producir que sobrepuja las estructuras del orden político. La organización en red potencia todo emprendimiento humano, Internet, la red de redes, inaugura una nueva dimensión, el ciberespacio. Un espacio por sí mismo independiente de la territorialidad tradicional, cuyas consecuencias son reales en la sociedad y en los Estados. El resultante de toda esta novedad como es de esperar es el surgimiento de nuevas dinámicas estratégicas mundiales, que son las que trataremos de describir ubicando en el concepto de legitimidad el eje de éstas.

 

I. Introducción

 

El proceso de integración mundial que lideran los agentes del mercado bajo el lema del libre comercio constituye el centro de la lógica de la globalización. Ante la pérdida de protagonismo del Estado moderno, y ante la permeabilidad de sus fronteras a flujos de información, conocimiento y valor,  el estado ha llegado a ser definido como un mero actor estratégico internacional, como cualquier otro actor estratégico, sea este político, económico, militar o informacional; sea con base nacional, institucional o a título personal.

Así estos nuevos actores, igualados en la categoría de actor estratégico poseen tanto un nuevo cúmulo de recursos identificados con la tecnología y el libre mercado, como una arena global totalmente transformada. En estas condiciones es relevante plantar la mirada sobre lo que ocurre en esa arena y con esos medios a disposición de los actores. 

El resultante de toda esta novedad como es de esperar es el surgimiento de nuevas dinámicas estratégicas mundiales, que son las que trataremos de describir ubicando en el concepto de legitimidad el eje de éstas.

 

 

II. ¿A que nos referimos con dinámica estratégica de los actores internacionales?

Para entender desde la raíz el problema de las dinámicas de los actores debemos partir de la definición del factor que los aúna, el poder, “poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad.” (Weber, Economía y Sociedad, FCE, México, 1989). Constatamos en primer lugar que el fenómeno ‘poder’ se trata de un ejercicio, que es continuo y ascendente o descendente. Este ejercicio debe ser entendido a continuación como comandado por alguien respecto de otros (en principio aceptemos la configuración amigo/enemigo de Carl Schmitt[1]). Ambas condicionantes, la cualidad de ejercicio continuo y de confrontación con otro, hacen de está construcción del concepto de poder la base para considerar a la estrategia. La estrategia debe entenderse como el plan de poder de una organización o individuo con orientación diferencial en lo económico, lo político, lo militar o lo informacional.

Las nuevas circunstancias del cambio tecnológico y del liberalismo económico global ha liberado, bajo las reglas de Internet, a múltiples sujetos con aspiraciones de poder, que de hecho no pocas veces consiguen sus objetivos y se transforman en referentes del emprendimiento tecnológico, de la empresa de vanguardia, del discurso político o en el extremo siniestro, de la acción terrorista. Así nacen nuevos actores internacionales que innovan las lógicas de las relaciones internacionales derivando nuevas dinámicas estratégicas que tendrán que ser comprendidas en el contexto de su ocurrencia. El campo común de ese despliegue de poder es lo internacional, el mundo deslimitado de fronteras nacionales, jurisdicciones locales y autoridades nacionales, allí es donde encontramos entonces a nuestro actor, es decir en cualquier lugar donde esté en juego el valor sea económico, político, militar o informacional.

Internet generaliza la apertura de posibilidades para todos, potencia el individualismo, pero también potencia la solidaridad, puede generar identidad, pero también puede potenciar la pérdida de la identidad. Es decir es una herramienta general que, querámoslo o no, está allí para bien o para mal. Por si misma carece de valor ético o moral. La discusión deontológica sin embargo, no pueden ser aquí presentadas en profundidad, tan solo podemos decir que si la Era de la Información y el Conocimiento necesita de la apertura, es decir la democratización de la información y el conocimiento a nivel global, y, que si la Nueva Economía necesita la apertura ¾puesto que la competitividad continua y global solo puede conseguirse abriéndose paso con saber y datos (conocimiento e información); lo que radicalmente ocurre allí es que esa apertura o democratización se expone a la confrontación de culturas diversas que quedan totalmente conectadas con realidades que a veces apenas pueden soportar, no es solo la idea de Huntington del Choque de Civilizaciones, sino algo más inmediato, que no está mediado por bloques políticos o nacionales, sino por singularidades individuales y colectivas soportadas en una malla tecnosocial, como lo es Internet en cada uno de los lugares en que se utiliza. La exigencia de apertura no se ve reducida porque exista una incontable variedad de sujetos, intereses y dispocisiones, en realidad esta es la base de esa necesidad de apertura. La economía global necesita de todos nosotros para avanzar continuamente en la senda de la innovación, esa innovación puede provenir tanto de grandes laboratorios de ingeniería hasta de las recetas arcaicas de un brujo bororo. Es decir de cualquier parte puede venir esta innovación. 

Ahora bien, la exigencia de apertura que a todos se nos aconseja es un hecho no puro, claro está. Hay más o menos apertura según otras variables humanas y culturales, que tienen que ver con el idioma, con la calificación, con la procedencia, la clase social y los niveles de consumo. Asimismo es diferencial el nivel de apertura que los gobiernos o empresas pueden estar dispuestos a trasparentar, de acuerdo a consideraciones de seguridad y defensa, y aún en otras áreas, como la competitividad, en la protección de inventos y patentes locales, etc. 

Aquí nos preocupa la dinámica, no tanto el contenido de esas estrategias ni las teleologías de los actores. No obstante para nosotros estrategia tiene que ver con decisiones confrontacionales, que se toman y realizan en interés propio. Esas decisiones vienen alineadas con los objetivos del actor, con la manera de realizarlos y con la forma de superar los obstáculos que puedan presentar otros interesados concurrentes o el propio ambiente. Si nos interesan los actores internacionales, podemos decir que, no obstante aun sin definirlos, su campo de acción es el mundo, y que sus intereses se juegan en diversas partes del globo, asimismo sus eventuales oponentes tienen el mismo rango, como actores de una confrontación internacional, incluso por el solo hecho de esa oposición. (Es decir, hay actores internacionales que no han necesitado salir físicamente de sus localidades para adquirir dicho status, por ejemplo, los pehuenche opuestos a los proyectos hidroeléctricos de Endesa España en el Bío-Bío.) 

La casuística de las dinámicas estratégicas pueden evidentemente ser inabarcables para el investigador en su humano y singular esfuerzo, sin embargo en nuestro caso cubriremos esta amplitud resolviendo en cambio una tipología de quiénes son los actores de estas dinámicas, resumiendo la multiplicidad de formas y campos de acción en torno a tres tipos:

a)      los actores estatales, los Estados y todas las instituciones asociadas y obedientes a ellos, ya sean instancias locales o multilaterales en la arena internacional (ONU, OEA). Los actores estatales son tanto las instituciones ¾con sus historias, oposiciones y prestigios¾ así como los agentes que los operan y representan;

b)      los actores privados, principalmente de capital, en cuyo caso representan ese capital a partir de diversas instancias corporativas, pero también actores privados de carácter político y paramilitar, como en el caso del terrorismo ¾entendido como la privatización de la guerra; y,

c)      la ciudadanía, global y local, organizaciones de base, por fuera de las estructuras de la política de partidos, con vínculos con ONGs, con causas diversas (derechos humanos, ecología, democratización, religión, indigenismo, etc.), enlazadas por Internet.

Estos son los actores a considerar en esta exposición. Por lo tanto debemos comprender las dinámicas estratégicas como ocurriendo entre estos tres actores, así como todas las mutaciones, excepciones y amorfismos con los que nos topemos en la realidad. De hecho esas distorsiones son esenciales para captar bien una de las principales cualidades de la nueva situación de las dinámicas estratégicas, esto es: aparece un sujeto heurístico común, conocido por todos, el agente.

 

III. Dinámicas que enlazan y confrontan a los actores

 

Una vez definidos los actores debemos concentrarnos en cuáles son las dinámicas que los enlazan en competencias y confrontaciones por intereses diversos. Como hemos dicho las dinámicas ocurren en el mundo y en nuestro modelo de simplificación tres actores configuran casi toda la problemática no ya de las dinámicas, sino además y con ellas, de las decisiones cruciales respecto de nuestro propio futuro.

Para ser más explícito recurriré primero a una definición de política como un hacer que quiere poder: ‘quién hace política aspira a poder’ (Weber), si invertimos la frase nos queda una afirmación algo distinta, quién aspira a poder, hace política. Querría que se me permitiese utilizar esta versión alterada de la cita puesto que eso nos abre una opción de visión que lleva a afirmar que prácticamente todo es política, pero a esa política se le llama en la nueva jerga internacional: competencia, competitividad. Bueno, pues competencia no es más que una lucha sin violencia. Como se verá el objetivo de este tropo es netamente heurístico. Si recordamos que trabajamos en principio bajo el marco amigo/enemigo de Carl Schmitt sabemos que la política se define en esencia por esa situación de lucha pacífica (Weber), pero si queremos afirmar el tropo de “El que hace política aspira a poder”, por el que aspira a poder hace política, también debemos encarar que “Todas las formas políticas son organizaciones de fuerza” (Weber), es decir toda búsqueda de poder, en tanto actividad política implica la utilización del recurso de la fuerza.

Además, todo es política o competitividad, si atendemos a la situación del mercado y el realismo económico global. De esta manera aunque los tres actores mencionados no sean todos ellos ‘políticos’ en sentido estricto, en tanto que son actores de dinámicas estratégicas internacionales están en la raíz de lo político, que la encuentro plasmada, en un indicio fundacional, en la figura del estratego griego clásico: conductor político, comandante militar y responsable económico de absoluta autonomía mientras era legítimo, e incluso en el fracaso, en la travesía, en la huída o la traición (Thukídides, Jenofonte, Alkibíades). La dinámica estratégica significa aquí el despliegue amorfo y contencioso del poder en un escenario, para nuestro caso, global. Que esto se de en medio de una competitividad global implica que esa búsqueda de poder puede llevar a la guerra no convencional en la que se enfrentan dos corporaciones por un mercado, dos líderes locales por un cargo público, dos mafiosos por un territorio o células terroristas contra un objetivo gubernamental. Esto en tanto la aspiración a poder siempre puede llevar a levantar el argumento de la fuerza para primar sobre el otro, sea el campo específico de los actores lo económico, lo político, lo militar o informacional. El uso de la fuerza puede significar desde la violencia fìsica hasta la intromisión y desarticulación de los sistemas informáticos del contendiente, pasando por una amplia caterva de acciones conocidas y otras por conocer.

Esta comprensión heterodoxa de lo político, lo económico, lo militar y lo informacional como el espacio para las dinámicas estratégicas también es consecuencia de la sociedad de consumo y del liberalismo económico que ha disminuido el rango de acción del Estado y aumentado el del poder económico privado, aumentando la transnacionalización de la gestión, el capital y el trabajo a un nivel cada vez más global, a la vez que ha forjado sujetos altamente individualistas con una cultura mundial centrada en el dominio del idioma inglés y en la americanización. Culturalmente esto tiene consecuencias para el mundo entero; la clase corporativa que crece globalmente debe ser entendida como clase política, en tanto resultan ser interlocutores válidos de los estados y sus agentes. Reglas globales son diseñadas por legisladores globales, en un diálogo político-económico del que generalmente quedan excluidas las ciudadanías nacionales.

Por otro lado también decisiones corporativas sobre si invertir o no invertir, tienen en algunos casos mayores consecuencias para la población de determinado país que cualquier promesa dorada de parte del líder político nativo, incluso si esta promesa se cumple. Insistamos en esto: “En la década de los 90, los Estados-nación han sido transformados de sujetos soberanos en actores estratégicos…en un sistema global de interacción.”[2] Este carácter estratégico es un nuevo genérico de política, y especialmente de la política de los estados. Claro está que gran parte de las dinámicas estratégicas son competencias especializadas, profundamente técnicas, muy acotadas y generalmente el cálculo que prima en la toma de decisiones es el económico, y no hay aquí un discurso político que sea clave para esa decisión, sino solo un cálculo, la organización interna de una empresa no considera contrapesos internos a sus decisiones, pero hacia fuera cuestiones como la credibilidad y la estrategia comunicacional correcta son claves, allí el lenguaje clientelar se hace común tanto en los intereses del estado o de la empresa o del actor internacional cualquiera.

Si la gran corporación tiene en el marketing y la publicidad su forma de comunicación con sus clientes y consumidores, la política de estado ha tendido también a utilizar estas técnicas para ganar elecciones, y eso en ningún caso es reciente. Por otro lado la corporación suele tener unidades especializadas en lobby, propias o contratadas, que se encargan de obtener ventajas en negociaciones con políticos nacionales o locales. Esto muestra que la dimensión de lo político se generaliza a tal grado que los campos económico, militar e informacional tienen en la política la herramienta precisa para hacer prevalecer sus intereses.

Así también cualquier sujeto puede armarse de carisma y/o de razón y obtener una posición internacional impensada, en base a un discurso funcional y mediante las tecnologías de información y comunicación ese sujeto puede elevar su discurso hasta un nivel tal que pueda constituir una amenaza verdadera para quienes tienen en la política su profesión. Esto tampoco es nuevo, y precisamente por eso es que ha tenido su propia evolución. Hoy el liderazgo personal obtenido en luchas por la razón o por el ideal, a partir de la política de bloques como de la política local pueden rentar con su redes sociales construidas a lo largo de sus carreras de reuniones y agendas, varios políticos de alto nivel se dedican al lobby y obtienen buenas ganancias de sus encargos como H. Kissinger. Así también los políticos de nuestros países forjados en la barricada y en la línea de choque, real o pretendida, pueden llegar a hacer lo mismo que Mr. Kissinger, a veces guardando las proporciones y otras veces no. Así, no debe extrañar que esas agencias de lobby tengan más acceso a nivel nacional e internacional al liderazgo político que la ciudadanía que en cada caso votó ese liderazgo.

Los Estados nación transformados en actores estratégicos internacionales asumen reglas generalizadas globalmente, que no son otras que la suma de sus pericias propias, como organización soberana, más otras innovaciones, unas nuevas otras ya viejas, creadas o traidas de otras áreas, como los cursos de acción (gestión comercial y política) que ya desplegaban las grandes corporaciones trasnacionales de la Era Industrial, o como el depliegue requerido para colocar un producto nuevo en un mercado tamaño continente. La época actual generaliza todas las estrategias y herramientas, independientemente de que unas herramientas sean más propias de ciertas organizaciones u otras sean tan nuevas que no hayan sido aún apropiadas por algún actor específico.

Entonces ¿Qué herramientas estratégicas pueden utilizar los actores internacionales para defender y maximizar sus intereses? Eso depende de un problema de validez. La validez y la invalidez de las dinámicas y herramientas estratégicas implican la discriminación de los actores estratégicos ante la comunidad internacional. El proceso de esa discriminación describe una nueva dimensión para las consideraciones sobre la legitimidad, sea esta nacional, internacional o; como veremos, inter-agencial. Esta situación puede considerarse una consecuencia más del imperativo de la vigilancia de los poderes, tal como la recibimos de Montesquieu, el objetivo de ésta era prevenir la decadencia y corrupción del orden imperante, impidiendo los excesos, la acumulación de poder en unos pocos y las injusticias. La vigilancia entre los poderes del estado, como fue entendida en los siglos XIX y XX, a saber, como vigilancia interna de los poderes constituidos del Estado-nación; toma hoy la forma de una vigilancia más allá del Estado-nación, sea en lo local o en lo global, sea entre poderes o desde organizaciones de base respecto de corporaciones, o del estado respecto de sus agentes, o de organizaciones internacionales vigilando las políticas de un pequeño país, o agencias policiales vigilando a agentes sospechosos. La vigilancia se ha hecho lid de variados grupos no gubernamentales y asociaciones ciudadanas, se ha generalizado como un concepto político inmediato y siempre presente para la ciudadanía mundial, tanto es así que los objetivos de esa vigilancia cruzan lenguas, culturas, religiones, océanos y continentes.

Si bien pareciera que la consecución de los objetivos de un actor internacional dependen básicamente de una relación de medios propios respecto de los medios opuestos por otros o por el ambiente, es decir: dependiente de condiciones materiales cuantificables, eso quizás sería lo único a considerar sino fuera por la dimensión política de la legitimidad de la acción que cada cual emprende, la que resulta central para obtener otro tipo de ventajas estratégicas (ventajas blandas de acuerdo al soft power de Nye Jr.).

La legitimidad existe o no en función de esa vigilancia de los actores internacionales por otros actores internacionales. En el marco weberiano de la sociología de la dominación, la legitimidad es la respuesta a la pregunta ¿por qué se domina?, y ¿por qué se obedece?  Recordemos los tipos de legitimidad:

  • tradicional,
  • carismática, y;
  • racional,

Estas son las respuestas a por qué se obedece, y cómo se domina. Pero ante todo son respuestas analíticas al contexto del Estado, es decir: dominaciones territoriales que gozan de relativa soberanía.

F. H. Cardoso[3], postulaba con énfasis a comienzos de los ’80 un giro en la sociología política del continente desde una perspectiva de la dependencia hacia un enfoque sobre la legitimidad de las democracias en transición, el contexto de su análisis era coherente con la situación política de la década, y aunque sigue siendo coherente estimular ese debate, Cardoso no pareció percibir que la búsqueda de legitimidad iba a generalizarse hacia otras organizaciones. Hoy la legitimidad del Estado moderno ya no es una preocupación estratégica exclusiva de éste, es más, en un  contexto en que los Estados-nación pasan de ser sujetos soberanos a convertirse en actores estratégicos, la legitimidad se hace también un indicador genérico aunque central en las dinámicas de los actores internacionales en la arena global, esta percepción es central para nuestro análisis. La legitimidad, que constituía la quintaesencia de la dominación para el Estado moderno, es hoy otra de las herramientas generales con las que los diversos actores internacionales se han proveído para elevar sus programas, intereses y objetivos. El cómo se da y quita legitimidad se hace central para comprender esas dinámicas estratégicas.

Si se logra legitimidad el actor puede acceder a más herramientas y optar por más estrategias. Si no se logra legitimidad el actor puede verse acorralado entre medidas de boicot (básicamente) o medidas judiciales coactivas, ya en el rango de la ilegalidad.

 

4) Legitimidad y soberanía: fragmentación y generalización

 

El campo de estas confrontaciones es un campo informativo mediante; el cual los actores obtienen la información necesaria para lograr los sustentos argumentales de la competencia o el conflicto; un campo comunicativo, el campo de las redes humanas y de la efectiva comunicación de las informaciones relevantes para los actores, aquí sucede la competencia y la lucha, en el campo comunicacional se hace patente quién gana y quién pierde, aquí sucede la opinión pública y el juicio público de las materias contenciosas. En este campo comunicacional se pone en juego las diversas opciones de legitimidad, legitimación y legalidad de los resultados. Por tanto se hace central la configuración informativa y comunicacional de la estrategia del actor. Esa configuración así como la libertad y amplitud para diseñarla constituye el centro de la construcción efectiva o no de legitimidad.

Apliquemos la tipología weberiana sobre la legitimidad de la dominación, cambiando el eje desde esa dominación propia del Estado hacia los intereses y estrategias de los actores aquí propuestos. Es decir si la legitimidad de la dominación apela a los ámbitos tradicional, carismático y racional, ¿apelan los nuevos actores estratégicos a estás condicionantes clásicas? Si consideramos el concepto de dominación weberiano, es clave la existencia de una soberanía territorial, se domina sobre almas y tierras. A esta concepción va adscrita la filosofía política moderna en sus inicios, en las teorías del contrato social, con un orden geométrico (es decir matemático) autoritario en Hobbes, mutado luego a un planteamiento democrático en Rousseau, en la idea de responsabilidad del ciudadano con ese contrato, núcleo de la asociación estadual. Ahora bien, el Estado y sus agentes, los actores privados y particulares, así como la ciudadanía organizada son sujetos de soberanía, pero en grados diferenciados:

a)      del Estado nación entendemos el tipo de soberanía que posee: territorial, constitutiva y jurisdiccional. El estado representa la soberanía del pueblo.

b)      Pero qué pasa con los actores privados: pensemos en una corporación transnacional, que es el ejemplo extremo por poder y extensión, tratemos de definir su soberanía. Siendo soberanía la cualidad del soberano, ¿sobre qué es soberana? Claramente sobre su propiedad garantizada por ley a través de los territorios donde invierte. Al contar con distintas plazas y por tanto jurisdicciones estatales debemos considerarla una institución transoberana. Pero también esa corporación de lucro está manejada por su directorio y sus ejecutivos, este equipo de sujetos encarnan en términos ideales el interés de la empresa y son sus ejecutores. El agente corporativo posee así dos formas de la soberanía, primero la inviolabilidad de su cuerpo, alrededor del mundo en que ejecuta lo suyo. Y, luego, soberanía sobre la propiedad y capital delegados por el directorio corporativo. Pensemos en otro actor privado, un líder insurgente: soberanía en el cuerpo, dominación efectiva de prosélitos y, eventualmente, dominación territorial, la soberanía está garantizada por los resultados consecutivos de la lucha, independientemente del enemigo, su porte o ubicación.

c)      Pensemos finalmente en las ciudadanías del mundo, organizadas en lo global y/o local. Su soberanía se nos complica, primero porque hay que recordar que la ciudadanía nacional es el sustento y residencia de la soberanía del estado, la ciudadanía constituye la garantía de esa soberanía (los ciudadanos en definitiva defienden su república). Pero a su vez ciudadanía es genérico de todos nosotros que, como sujetos (y  potenciales actores internacionales) tienen la soberanía sobre sus cuerpos, sus opiniones y su propiedad. Si pensamos en la soberanía que reside o podría residir en la ciudadanía global podríamos quedar confusos. Principalmente es debatible ese status soberano ya que va en contra de la filosofía política que sustenta el Estado moderno, relativiza e incluso anula su Leviatán clásico, un pueblo que se da un Leviatán creador y destructor. Esto porque puede haber contradicción entre el estatus de ciudadano nacional, preocupado de los intereses de su país y, a su vez preocupado de los intereses generales de la humanidad como conjunto. Aquí se hace patente el diálogo contrapuesto entre un Estado con intereses propios, planteados en beneficio de su ciudadanía, y una comunidad internacional que reclama para sí la lealtad hacia el interés y responsabilidad global por el planeta. Esta constatación revive el diálogo entre el contrato con el Estado nación, de Hobbes a la Revolución Francesa, contra la postura de Kant por una ciudadanía mundial: “Un mundo vivido como cosa pública”[4]. Siendo esa ciudadanía la que concede la legitimidad de sus formas de gobierno, esa ampliación de las responsabilidades hacia el mundo extiende el margen de la capacidad de esa ciudadanía deslimitada de sus fronteras nacionales, hacia la legitimidad de materias globales. La principal consecuencia de soberanía para una ciudadanía global refiere a la capacidad de otorgar y quitar legitimidad a los actores internacionales, sus intereses, objetivos y estrategias. Si a nivel local la ciudadanía da y quita legitimidad a sus gobiernos y líderes esa prerrogativa también es global y es clave para entender las dinámicas estratégicas que nos ocupan.

Ahora bien, no solo la ciudadanía otorga legitimidad, es decir, la legitimidad que circula globalmente no solo constituye un diálogo entre ciudadanías y contrapartes públicas o privadas. En ambientes de negocios por ejemplo, una contraparte es juzgada además del cálculo de costo / beneficio, por consideraciones sobre normas de calidad, de producción, de regulación laboral, ambiental, de seguridad, etc. Estas normas de calidad indican la validación del empresario, corporación, unidad o agente respecto de sus variados procesos y de los productos y servicios que negocia. Así lo que entendemos como validación del actor debe analogarse con la legitimidad que posee en el mercado, hacia sus clientes, competidores y asociados.

Los Estados han entrado en esta lógica, a partir de su integración a la competencia global como actores estratégicos. En especial porque esos estados compiten entre ellos para atraer la inversión de capital. Así los estados necesitan ser validados como sitios de inversión ventajosa por parte de las empresas, conglomerados y agencias globales que mueven su cartera o sus locales de un punto a otro buscando mejores mercados de trabajo, menos restricciones al libre comercio y flujo de capital o mayor cercanía con sus clientes. En este caso son los agentes  del capital quienes establecen los cánones de validación de los Estados donde invierten. De esta manera los Estados luchan por legitimarse y los inversores utilizan sus criterios para invertir, en conciencia que invertir significa otorgar legitimidad, lo que tiene efectos típicos de retroalimentación (feedback) y sinergia para esa zona geográfica.

Ahora que hemos señalado recurrentemente a la legitimidad como el quid de las dinámicas estratégicas debemos centrarnos en explicar por qué es tan importante la legitimidad frente a otros elementos más inmediatos que están en el corazón de la problemática de la competitividad global, tales como la innovación técnica y organizacional, el aprendizaje constante, los medios materiales, el marketing, etc. Hay un motivo de fondo para ello. En un mundo en competencia global, potenciada por avances tecnológicos increíbles y continuos, acompañada de un desfase político, puesto que es un mundo en transición desde la era industrial a la era de la información, la libertad de intereses y estrategias tiene un solo límite general: válido o invalido, legítimo o ilegítimo. Y por legítimo debemos entender no otra cosa que lo que se acepta y sobre lo que luego se genera, en efecto retroactivo, credibilidad, confianza, prestigio, fama, éxito, etc. El vehículo de esa legitimidad es el diseño de la comunicación y el control o libertad de información al respecto teniendo en cuenta que Internet y otras tecnologías de comunicación e información se colocan en el centro de la opinión y el juicio de esa legitimidad. Así lo tradicional, carismático y racional, se transforman tan solo en elementos combinables en el diseño comunicacional, junto a otras apelaciones publicitarias.

 

IV. Conclusiones

 

Finalmente una reflexión sobre el carácter novedoso de estas características de las dinámicas estratégicas de los actores internacionales a la luz de la revolución tecnológica continua que sigue ampliando tanto las dinámicas como las herramientas estratégicas en la arena internacional.

1.- InfoWar y el primado de la información. El primado de la información significa para nosotros que la búsqueda de legitimidad ocurre en la información y la comunicación, por ejemplo: un líder terrorista que busca legitimarse ante quienes pretende representar, en ello basa su capacidad de atraer adeptos a su causa. Quien lucha contra ese líder debe buscar precisamente anular las bases de su legitimidad, la lucha emprendida por ganar y quitar legitimidad es una parte fundamental de lo que se conoce como guerra de la información (infowar).

2.- Seguridad Hemisférica y nuevos actores. En el contexto global, la Seguridad Hemisférica es una materia local y así debe ser tratada. Sin embargo la propia fragmentación de la legitimidad y la soberanía hace que sea necesario, antes de definir los intereses y responsabilidades de protección del Hemisferio, definir los conceptos fundamentales que caracterizan la nueva era y aprender a usarlos. Esto significa que la necesidad de crear nuevos marcos conceptuales implica que estos nuevos marcos deben ser operados también con conciencia de que poco ha quedado del marco conceptual anterior. La renovación del análisis no es definitoria sino constante. En estas condiciones es fácil para las estructuras del Estado quedarse atrás operando en torno a patrones anquilosados, y en base a datos obsoletos. Esto ocurre también en la gestión de seguridad y defensa del Estado, limitando las eficacias de sus misiones entre un mundo real transformado y las estructuras administrativas inmóviles de la era industrial.

Analizar la Seguridad Hemisférica requiere un esfuerzo por salir de los marcos rígidos de análisis y decisión de la estructura del Estado para incorporar una nueva operatoria de la gestión de seguridad y defensa centrada en las dinámicas estratégicas de los actores internacionales. Este esfuerzo constante aportaría una renovación constante de los datos fundamentales sobre las fuerzas que atraviesan caótica e interminablemente las fronteras de nuestros países.

3.-Para concluir, primero que nada debemos resaltar que estas dinámicas estratégicas están en pleno desarrollo, la tecnología sigue avanzando de tal manera que el potenciamiento de las estrategias es un proceso continuará avanzando de modo indeterminado. Sin embargo a pesar de la continuidad del avance, las lógicas de legitimidad global seguirán siendo, a nuestro parecer, el centro de la configuración de las estrategias.

Como vemos el término legitimidad se hace el meollo de la pregunta por las dinámicas estratégicas de los actores internacionales, y esto sin que su generalización implique una pérdida del aura que rodea su poder específico: dar o quitar el espacio y tiempo de la acción del actor estratégico, es decir: dar o quitar efectividad absoluta a la estrategia planteada, por el Estado, por los agentes de capital, por organizaciones ciudadanas o por líderes diferenciales auto-agenciados.

 

NOTAS:

 

[1] Schmitt, C., El Concepto de lo Político, Folio ediciones, Argentina, 1984.

[2] Castells, M., La Era de la Información. Economía Sociedad y Cultura, Alianza, Madrid, 1997. Vol. II, 1998.

[3] Cardoso, F. H., “Régimen Político y Cambio Social”, en: Lechner, N. compilador y edit., Estado y Política en América Latina, siglo XXI, 1981.

[4] Mires, F., El fin de todas las guerras; Un estudio de Filosofía Política. Lom Editores. Santiago de Chile, 2001.

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