A propósito de la Guerra del Peloponeso

 

En 1991 mientras el mundo veía el final de la Guerra Fría y el derrumbe de la URSS me topé con La Guerra del Peloponeso de Tucídides, al leerlo pronto comprendí que el modo narrativo tucideano tenía mucho de actualidad a pesar de los dos milenios y medio que nos separaban. ¿Cómo era posible que Tucídides fuese tan actual en momentos en que el mundo vivía un cambio histórico tan radical, impulsado además por un cambio tecnológico que abarcaba todos los procesos sociales? No tenía una respuesta concreta a esta pregunta, por ello más bien parecía una intuición que una seguridad pensar en Tucídides como actual. Lo que sí sabía era que los analistas contemporáneos seguían entrampados en los modelos de análisis propios de la Guerra Fría aun cuando todos sabíamos que se trataba de un modelo analítico caduco, frente al vacío heurístico de las teorías de relaciones internacionales al corriente. Tucídides permitía por el contrario volver a cierto lugar analítico donde la historia política se construye no siguiendo grandes relatos, es decir, Ideologías, sino siguiendo los motivos singulares de actores relevantes en momentos cruciales: así, el Honor, el Interés y la Seguridad, se transformaban de manera tan simple y sorprendentemente acertada, en las guías heurísticas que permitían penetrar el momento histórico de comienzos de la década del 90.

 

La Historia de Tucídides no sólo es heurísticamente superior a los formatos analíticos forjados en el siglo XX para comprender el contexto de apertura estratégica que acompañaron la construcción de la nueva Rusia y de las repúblicas de ex Yugoslavia, existe un parecido aun más interesante al conceptuar sintéticamente la destrucción del esplendor griego, especialmente de Atenas. El momento de mayor poderío económico y cultural de Atenas se transforma prontamente en una pendiente hacia el abismo, impulsado por la hybris de las personalidades que, como Alcibíades, forjarán un nuevo tipo de personaje histórico, al que he llamado Agente, o sujeto diferencial, capaz por sí mismo de torcer todas las leyes y todas las costumbres, de abalanzarse a la persecución personalista del poder, capaz de seducir más allá de los límites concebibles al pueblo, en adelante cada vez menos dueño de sus destinos a manos de estas voluntades individuales. Los agentes como Nicias, Alcibíades, Tisafernes, Agis, etc. son el centro heurístico de un tipo de historia centrada en las constantes de honor, interés y seguridad que nos impone Tucídides. Y es este eje comprensivo el que se hace central para comprender la actualidad de los años 90. Tal como en los tiempos finales del esplendor ateniense, la figura del individuo se transforma en la hybris tanática de una civilización, así mismo en los tanáticos tiempos de la guerra de Yugoslavia, son los individuos agentes quienes conducen las esperanzas e iras de las masas, seduciendo con sus mensajes diferenciales orientados por el ánimo de gloria, los intereses, y las pretensiones de seguridad que defienden para sus pueblos; destruyendo con ello las bases de la convivencia pacífica entre naciones, y echando por tierra los avances científicos, industriales y culturales que de común habían logrado.

 

La lectura de Tucídides energizó mi perspectiva analítico-histórica y ya nunca más volví a pensar en otro modelo analítico del conflicto y el devenir que no fuera el que se centra en la persona humana y su hybris individualista como motor de cambio histórico, ello sin soslayar los elementos aprendidos durante mi formación como sociólogo, dónde lo colectivo y los macro procesos obedecen leyes propias, animando un ethos conjunto; las sociedades desenvuelven posibilidades que son material y espiritualmente dadas, en Marx y especialmente en Weber.

 

A propósito de este último autor, Max Weber, quien ha sido guía heurística en casi todos mis escritos sociológicos, es de lo más relevante el hecho que ambos autores, Tucídides y Weber conforman un dúo comprensivo que no he dejado de utilizar en diversos desarrollos teóricos y conceptuales, misma perspectiva  que ha señalado el filósofo alemán Wilhelm Hennis (Max Weber und Thukydides, Tubingen, 2003), en ella el espíritu moderno de Tucídides queda patentado como una fuerza de realidad, es decir, la realidad fuerza al espíritu a elevarse hacia el objetivo de la comprensión ‘actual’, más que perderse en la elaboración de modelos ideales, y grandes relatos omni abarcantes. La lectura tucideana, al igual que la weberiana requiere coraje, en términos simples Nietzsche, en su animadversión a Platón, diría: “El coraje frente a la realidad diferencia a naturalezas como las de Tucídides y Platón: Platón es un cobarde frente a la realidad – por ello él huye hacia el ideal; Tucídides tiene control de sí mismo – por ello, consecuentemente mantiene el control sobre las cosas.” (El Ocaso de los Ídolos, traducción personal del inglés).

 

Tanto la Historia política tucideana como la sociología política weberiana tienen en común el arrojo a los hechos y las tendencias, ambas obras estás construidas sobre la base de la honestidad frontal, esa honestidad que no teme a las palabras correctas para describir lo que sucede, no teme  a las palabras pero es conciente que en esa actitud, el estudioso logra avanzar un conocimiento que no se tenía precisamente porque había faltado la persona capaz de esa honestidad. El objetivo comprensivo weberiano no teme a las palabras, para él el Estado se caracteriza como monopolio de la violencia legítima, en esta simple acepción, que ya no es válida hoy, se resume una actitud frontal, la palabra ‘violencia’ articula un axioma radical, que nadie antes (a excepción de Trotsky), había sido capaz de plantear, por el contrario los cientistas sociales habían dedicado a sostener una axiomática del Estado que hablaba más bien de la identidad con Dios (Hegel) o con la Naturaleza humana (Stahl), con un positivismo de la soberanía, o con un positivismo monarquista. En el axioma weberiano del Estado queda patentada la brutalidad, la violencia como ladrillo básico de la constitución del Estado, no más mitos fundantes como base pseudocientífica. Del mismo modo la Historia política tucideana no teme a la palabra, aunque ésta condene cualquier sentido de humanidad y lo derogue en torno de un realismo de la crueldad, su descripción de la masacre de los de Melos, es una de esas manifestaciones de honestidad que chocan con toda sensibilidad humanista. Para Tucídides esta descripción forma parte de una penetración comprensiva superior de la naturaleza humana en acción, donde el honor, el lucro y el miedo se conjugan para dar paso a un acto barbárico del cual nadie puede sentirse ajeno, al menos ningún lector atento.

 

La Historia de la Guerra del Peloponeso es una obra cuyo impacto en mi persona es permanente, las consideraciones que de ella se desprenden han marcado mi vocación como investigador y ensayista en filosofía política, a esos tempranos 18 años. Esta vocación se ha traducido en varios ensayos dónde el realismo tucideano es utilizado creativamente para dar cuenta de las necesidades de la actualidad para contar con pensadores y actores políticos cuyo espíritu cívico esté más alineado con esa necesidad de honestidad, a menudo tan escurridiza, precisamente por ser una actitud del espíritu que compele a todos a evitar los vicios de la política y del liderazgo de la sociedad.

 

En tanto que Historia política fundante, el libro de Tucídides establece con nuestra actualidad un hilo de plata comprensivo, y tanto es así que no ha faltado el autor que ha pretendido darle el nombre de moderno o aun hoy de ‘posmoderno’, olvidando que lo que precisamente hace actual a Tucídides es que su logro, como logro de las generaciones, en realidad nos coloca en un tiempo etéreo, un tiempo de inmediatez, de aquí y ahora permanente, en el cual la tragedia de los griegos, la tragedia de lo clásico se transforma en una espada de Damocles que pende sobre la actualidad, advirtiéndonos que los máximos momentos de la historia humana siempre señalan la pendiente aguda y trágica de la decadencia como amenaza real, siempre solo a un tris de hacerse realidad. Frente a esta amenaza, ni todo el optimismo de la filosofía ni toda la ciencia y conocimiento acumulado pueden plantearse el poder de la Détente que aligere y frene las tendencias que los hombres en su humanidad desencadenan y desencadenarán siempre.

 

 

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